Monday, May 21, 2007

Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva América.


“Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva América/L’Histoire Véridique de la Conquête de la Nouvelle Amérique”: Parachute, no 104, septiembre, noviembre, diciembre, Montreal, 2001, pp. 74-86.

Prólogo.


Yo, Rubén Ortiz Torres, profesor de la Universidad de las Californias, autor de esta muy verdadera y clara historia, la acabé de sacar a la luz, que es desde el descubrimiento, y todas las conquistas de la Nueva América, y como se fotografió la gran ciudad de México, y otras muchas ciudades, hasta las haber traído de paz y pobladas de mexicanos muchas villas, las enviamos a dar y entregar, como estamos obligados a nuestros reyes y señores; en la cuál historia hallarán cosas muy notables y dignas de saber; y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las fotografías y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de mas de mil doscientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera. Y además de esto cuando mi historia se vea, dará fe y claridad de ello; la cual se acabó de sacar en limpio de mis memorias y borradores en este muy leal pueblo de la reina de los Ángeles del rio de la Porciúncula, donde reside la real audiencia, en diez días del mes de mayo de dos mil y un años. Tengo que acabar de escribir ciertas cosas que faltan, que aún no se han acabado: va en muchas partes testado, lo cual no se ha de leer. Pido por merced a los señores impresores, que no quiten, ni añadan mas letras de las que aquí van y suplan, etc…

Capítulo Primero

En qué tiempo salí de Califastlán, y lo que me acaeció y del descubrimiento de México

En el año de 2000 salí de Califastlán en compañía de un hidalgo bien ponderado y experto en flashes y cámaras de formato medio que en aquella sazón estaba por capitán llamado P@ Miller. Acordamos de demandarle licencia a los guardias del servicio de inmigración para pedirles salida de territorios perdidos en 1847. Esta nos fue dada con falta de diligencia y voluntad después de largas colas y penurias nunca vistas que incluyeron pagos de oro en especie. Desque tuvimos la licencia nos embarcamos en buen navío; y llegamos al valle del Anahuac. Viniendo por el aire con buen tiempo, y otras veces con contrario, no vimos ningún aguila sobre un nopal, ni una laguna pero vimos tierra, de que nos alegramos mucho, y dimos muchas gracias por ello; la cuál tierra jamás se había descubierto, ni había noticia della hasta entonces; y desde el navío vimos un grandísimo pueblo donde aterrizamos. Estábamos muy contento porque habíamos descubierto tal tierra, porque en aquel tiempo no era descubierto el Perú.

Capítulo LXXXVIII

De nuestra gran entrada a la gran ciudad de México.

Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha con tanto tráfico, ibamos camino de la Alameda; y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas sobre donde hubo agua alguna vez y ahora asfalto, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquél metro tan derecho por nivel como iba al centro de México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas y encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios, y todos de cemento, acero y vidrio; y aun algunos de nosotros decían que si aquello que aquí si era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba de esta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas ni vistas y aun soñadas, como vimos. Pues desque llegamos a Cuyoacan, ver la grandeza de otros caciques y princesas que nos salieron a recibir que eran deudos muy cercanos de Montezuma; y de cuando entramos a aquella plaza de la Alameda de la manera de los palacios en que nos aposentaron, de cuán grandes y coloridos eran, con magníficas luces de neones y de colores, cosas muy de ver y entoldados de con paramentos de algodón y de plásticos de colores. ¿Quién podrá decir la multitud de hombres y mujeres y muchachos que estaban en las calles e azoteas y en automóviles en aquellas acequias convertidas en calles, que nos salían a mirar? Era cosa de notar, que ahora, que lo estoy escribiendo, se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto paso; y considerada la cosa y gran merced que nuestro señor nos hizo y fue servido de darnos gracias y esfuerzo para osar entrar en tal ciudad, e me haber guardado de muchos peligros de muerte, como adelante verán. Doyle muchas gracias por ello, que a tal tiempo me ha traído para poderlo escribir, e aunque no tan cumplidamente como convenía y se requiere; y dejemos palabras, pues las obras son buen testigo de lo que digo. Luego otro día de mañana partimos de Cuyoacán muy acompañados de aquellos grandes caciques y princesas que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada delante, la cuál es ancha de veinte pasos, y va tan derecha al centro de la ciudad de México, que me parece que no se tuerce poco ni mucho; he puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquella gentes y de coches, que no cabían, unos que entraban en México y otros que salían, que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas, las torres y cues y automóviles y de todas partes de la ciudad; y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto equipo ni hombres como nosotros. Y de que vimos cosas tan admirables, no sabíamos que nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en el parque habían grandes palacios y adoratorios, e veíamoslo todo lleno de algodón rosado de azúcar y gentes pintadas como nunca habiamos visto, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas e avisos que nos dieron los de Guacoxingo e Tlascala y East L.A., y con otros muchos consejos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en México, que nos habían de matar y de robar las cámaras cuando dentro nos tuviesen. Miren los curiosos lectores esto que escribo, si había bien que ponderar en ello; ¿qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen? Y fue esta nuestra venturosa e atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlan, México a 30 días del mes de diciembre, año del salvador Jesucristo 2001 años. E puesto que no vaya expresado otras cosas que había que decir, perdónenme, que no lo sé decir mejor por ahora hasta su tiempo. E dejemos de más pláticas, e volvamos a nuestra relación de lo que más nos avino; lo cual diré adelante.

Capítulo LXXXIX

De como era la Alameda y se retrataron los reyes de México, sus dioses, la corte y quién esto escribe.

Llegamos al gran parque de la Alameda, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que todo tenían. Cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos y carritos. Comencemos por los vendedores de algodones rosados de dulce. Luego estaban unos pintores muy sublimados, que pintaban niños y gentes en la cara con diseños como tatuajes que parecían de los diablos del grupo Kiss, estos son tan primos en su oficio que si fueran en tiempo de aquél antiguo e afamado Apeles y de Miguel Ángel o Berruguete les pusieran en el número dellos. También habían los que vendían cocteles trópicales de diversos colores, frutas y destilados embriagantes hechos de magueyes y caña de azúcar, algunos eran servidos en vasijas de barro con zumo de limón y especies picantes y los llamaban cantaritos locos. Vamos a otros que vendían juguetes de plástico o que los daban de premio al que tenía mejor puntería activando un gorila mecánico que nos mojaba haciendo sus necesidades y a un adoratorio de ídolos mecánicos músicales de los dioses Bronco, los Tigres del Norte o el Tri. Pasemos adelante y digamos que vendían hot cakes que son unos panes calientes cubiertos de mieles y hot dogs que son panes con fálicos embutidos. Vendían también plátanos fritos, churros y otros manjares y diversos maquillajes y coronas. Pero lo mas valioso que vendían y por lo que las multitudes se arreglaban y aglomeraban ahí eran las fotografías que se tomaban con los mismísimos reyes de México, que son unos grandes señores y que no hay uno sino tres y tan poderosos y milagrosos que les dicen magos, que señoreaban todas aquellas tierras. Muchos niños y familias con las caras pintadas como de guerra y portando sus mejores galas y coronas hacían largas colas para retratarse por cuarenta pesos y obtener una polaroid que los haría parte al menos momentáneamente de esta nobleza así como el pintor Velázquez lo hizo en un lienzo. Y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran Alameda y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua; y entre nosotros hubo artistas que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, Nueva York y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta gente, no la habían visto. Al atardecer entraron a los coloridos palacios de las fotografías los tres reyes magos que atrás he dicho: Melchor el rubio y barbado como castizo, Gazpar de la color no muy moreno, sino propia color y matiz de indio, y traía los cabellos largos, e muchas barbas, prietas y bien puestas, y Baltazar el moro lampiño muy ricamente ataviados según su usanza, con coronas muy riquísimas a maravilla, con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuites; y traían vestidos de sedas finas con muy preciada pedrería encima de ellos. Bailaban y meneaban la cabeza montados en un caballo, un camello y un elefante al ritmo de fandanguillos tropicales y de villancicos diabólicos para niños. Dentro de sus castillos tenían adoratorios de ídolos con caras de demonios y otros de malas figuras; de manera que al parecer estaban haciendo sodomías y otros ídolos con gestos diabólicos que representaban a los dioses Teletubbies, a Picachú, el ratón Miguelito y Minnie, el pato Pascuál y hasta los Rugrats que son mas malignos que el mismo Huichilobos dios de la guerra y Tezcatepuca; con ellos tenían muchos géneros de animales, de tigres, leones y gatos como Silvestre, osos que incluían el llamado panda de colores blanco y negro, perros que en esta tierra se llaman Tribilines y Plutos, conejos y hasta el grillo cantor Cri Cri. A veces en los adoratorios tenían también al niño Jesús y a la virgen de Guadalupe. Les aclaramos que estos que tienen como dioses, no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras, que peores tienen los hechos; e que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces, como las que vieron sus embajadores, con temor de ellas no osan parecer delante, y que el tiempo andando lo verían. Que nos duele la perdición de las ánimas, que son muchas las que aquellos ídolos llevan al infierno, donde arden en vivas llamas, que no los adoren y les sacrifiquen mas niños y niñas indios. Melchor nos respondió en su lengua e díjonos: "Señor, muy bien entendido tengo en vuestras pláticas y razonamientos, que mis criados sobre vuestro Dios les dijiste, y todas las cosas que en los pueblos por donde habéis venido habéis predicado, no os hemos respondido a cosa ninguna dellas porque desde abinicio acá adoramos nuestros dioses y los tomamos por buenos, e así deben ser los vuestros, e no curéis más el presente de nos hablar dellos; y en esto de la creación del mundo así lo tenemos nosotros creído muchos tiempos pasados; e a esta causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que vendrían de donde hacen el cine". Después de dicho esto los mismísimos dioses Winnie The Pooh, el tigre Tiger y el conejo Bugs se pusieron a bailar con nosotros mientras bramaban y tocaban su saxofón y su guitarra eléctrica, como dicen instrumentos de los infiernos que daba grima oir, y mas de dos leguas de allí se oía. Hube de ver tal milagro para tener una conversión instantanea y dejarme seducir por la lujuria demoniaca y querer retratarme también. Hubimos de pagar 150 pesos por poder usar nuestra cámara mas grande y un espejo donde pudiéreis ver reflejado a los artistas, o a los reyes o los vasallos pues estando todos estos entremezclados uno puede verse reflejado de estas muy varias maneras. Negociamos el precio con los fotógrafos de los reyes haciéndoles entender que veniamos de tierras muy lejanas y que gustábamos de sus trabajos y conveniendo que nos dieran la respectiva polaroid. Cuál sería nuestra fortuna que nos encontramos a la hermosa infanta de Cuyuoacan siendo pintada no en un lienzo sino en su misma cara para posar con los monarcas por una tlacuila, pintora en su lengua y tuve la oportunidad no solo de pintarla también sino también de fotografiarla y fotografiarme con ella y los 3 reyes. La dulce infanta tan bella vestía de blanco magníficas prendas y portaba una corona con luz intermitente. Quemamos película el capitán Miller, doña Tania que era cacica e hija de grandes señores y hablaba las lenguas de la Nueva América y México y yo. Los reyes y sus fotógrafos también tomaron fotos y logramos fotografiarlos en el preciso instante y momento decisivo en el que nos fotografiaban y se disparaba su flash como explosión de artillería que vista retratada a veces parece eclipse solar. Ellos también nos fotografiaron y como os dije salimos también retratados en el espejo al igual que los reyes, sus vasallos, su corte, sus fotógrafos, sus ídolos y sus dioses en este intercambio de ánimas. Y fuimos conquistados por el sacrificio fantástico que es el mismísimo arte que transforma al espectador y al lector en artista, rey mago y vasallo, y en moro, blanco y en indio, y es esta la revelación mas magnífica y admirable que hay que ponderar y no el oro falso de este nuevo mundo y ciudad de maravillas.

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1 Comments:

Blogger Alivio imediato said...

Dear friend, I am using this picture in my blog. Please, let me know if there is problem on that. Thanks!

April 25, 2009 11:41 AM  

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